La sangría siempre fresquita
En la barra del bar Jaime coloca el vaso de caña con el café hirviendo recién salido de ese trolebús que tiene por máquina y me pregunta como quiero la leche, si caliente ó templada. "Templada", le respondo mientras pienso de dónde sacará esa pila de jamones que cuelgan de las puntillas de acero clavadas en el muro de ladrillo visto. "Templada", repito mentalmente, recordando los vasos de leche hirviendo que mi madre me servía justo antes de salir para el colegio en la mañana. La lengua perdía su capacidad gustativa durante días, abrasada por ese café con leche que me ponía las pilas y del que a día de hoy un adicto calmado soy. "Tengo que comprar una pata". Me gusta la imagen del jamón sobre la tabla. En la cocina, siempre sereno, como yo, cuando tomo café.
